El sabor de las tecnologías

            Como buen domingo, arranca la mañana poniendo el agua para unos mates amargos. Mientras espera que caliente va leyendo qué pasó en el mundo: recorre los titulares de los diarios en el celular. Pese a la gastritis incipiente, no come nada al cebar los primeros mates; en parte, por costumbre, en parte, porque guarda espacio para la picada que viene antes del asado.

Cuando termina de leer las dos o tres noticias que más le llaman la atención, siempre alguna de deportes y otra de política, y antes que el sol se ponga picante, sale a hacer las compras que le faltan: tomate, zanahoria y cebollita de verdeo para las ensaladas y berenjenas y pimientos para asar a la parrilla pensando en la vegana de la familia; el helado de postre, la mejor  costumbre; el pan para los choris y las facturitas para la sobremesa.

En la panadería, llena como todos los domingos entre las once y la una, mira un poco las redes sociales, hace tiempo hasta que le toca su número. De vuelta, pasa por la fiambrería y después compra el diario en papel para su viejo, sabe que él disfruta de leerle y comentarle las noticias y ella disfruta de ese pequeño rito dominguero (aunque ella ya las haya leído antes en su celular). Con todas las compras hechas, se encamina a casa para iniciar los preparativos. El resto ya lo tiene comprado desde el miércoles, es la única forma de conseguir sus cortes favoritos: entraña, costillas y molleja.

El asado del domingo es su forma de agasajar a su familia una vez por semana: arma la mesa de jardín debajo de la galería, intuye un día caluroso. Busca el pan, lo corta en rodajas y lo pone al lado de la tabla. Mientras pela el salamín para la picada familiar escucha el audio de la hija, que si con tres vinos andan bien; sigue con el queso de cáscara roja, se tienta y lo prueba. Termina de cortar y les responde que sí, que ella tiene dos malbecs y fernet. Deja las rodajas de salame y los cubitos de queso al lado del pan.

Después se sienta y come una rodaja de salame con pan, lee algunas notas más. Scrollea un rato y le llega un mensaje de la hermana: voy saliendo, busco al viejo y caigo a tu casa en un rato.

Abre el vino para acompañar la picada, se lleva el vaso al lado de la churrasquera y saca, de la parte de abajo, los diarios viejos, la bolsa de leña y los cajones. Como aprendió de su viejo, apila los troncos en forma de torre hueca para armar el fuego. Cuando termina la torre de seis troncos –los más gruesos abajo- acomoda unos bollitos de papel de diario en el hueco del medio. Prende un fósforo y lo acerca al papel; mientras el diario se enciende acomoda algunas astillas del cajón que le sirve para azuzar el fuego. Se queda mirando las llamas un rato, siempre le habían fascinado las lenguas naranjas y el crepitar de la leña.

Después se vuelve a sentar, conecta el celular al parlante y pone una de sus listas favoritas de Spotify.

Se le va la cabeza en divagues: ya no va con sus hermanas a la casa de su viejo a comer el asado del domingo, sino que ahora era ella quien espera a su hermana, a su hija y a su viejo para el rito familiar.

Las primeras que llegan son su hermana y su viejo. La primera se pone la malla para un chapuzón, mientras ella sala la carne, y su viejo se sienta en la reposera a leer, como siempre, sus secciones favoritas: Política e Internacionales. Lo escuchó decir ¡cada vez más finito el suplemento!

Al escucharlo, se da cuenta cómo cambió su vida en el último tiempo: ahora estaba al tanto de las últimas noticias desde smartphone, ya no había necesidad de repartir ni esperar las secciones del diario, ahora tiene la comodidad de ver las noticias apenas se despierta.

La hija llegó e interrumpió su pensamiento, le sirvió una copa y otra a su abuelo. La charla se encendió como el fuego alrededor de la mesa de la picada.

Disfrutaba mucho del encuentro del domingo: le gustaba esperarles con algo para compartir al lado de la churrasquera, eso de conversar, vino mediante, con su hija, escuchar los comentarios de noticias que le leía su viejo, siempre apegado al papel y al noticiero de las 21.

Se da cuenta que desde que dejó la casa de sus padres, no leyó más el diario de papel e inesperadamente le agarró una angustia profunda. No le importaba el fin del diario papel, sí un poco la molestia que le causaba que le dijeran dejá el aparatito un rato –sobre todo su hermana, que le achacaba una especie de adicción que tenía con el celular-; pero sí notó una consecuencia hasta ahora impensada.

Se dio cuenta de la gravedad del caso: si el diario papel dejaba de imprimirse, el asado nunca más tendría el mismo sabor.

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