Seaducción II

En el bondi, de repente levanto la cabeza y la vista se me queda clavada. Revivo eso que ya sabía, pero había olvidado por la rutina: que estoy hasta las manos. Y no le puedo sacar los ojos de encima, aunque sigo anclada en el asiento. Abro la ventanilla y lo huelo, con ese aroma tan fresco, tan inconfundible que me hace cerrar los ojos. Me condensa un viaje en el tiempo a nuestros mejores momentos: en la película de mi vida, la que en un segundo se me viene, está ese olor, el suyo, en las escenas más álgidas.

Bajo del micro entre hipnotizada y absorta caminando en su dirección. Al cruzar la costanera, lo escucho: su garganta con arena, su tono cascado, que me calmó una y otra vez, a veces entre susurros; otros, con rugidos intensos. 

Sonrío. 

Nos reconocemos. 

        Vuelvo a sonreír. 

       Me saco las zapatillas y siento la tibieza de su piel en mis pies. Con aplomo, sin apuro, me desprendo un par de botones de la camisa mientras voy a su encuentro. Llego a la mínima separación que abisma nuestros cuerpos y me tomo un instante para vivir la simultaneidad sensitiva con la unánime serenidad de lo que va a suceder. Su espuma me roza y me erizo. Me da unos segundos para asimilar el shock y me toca otra vez: voy dejándome chicotear los tobillos, tomar mis muslos, rodear la cadera. Me salpica los labios, su sabor me llena la boca. Me relajo y se escurre por entre mi falda, entra en mí, me eleva y me arquea de placer. Entro en la zona de vaivén hasta que, simultáneamente, nos empapamos.

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