¿Promptear es escribir?

En las XV Jornadas de Microficción de la Feria del Libro de Buenos Aires, Raúl Brasca y Martín Gardella, los organizadores, invitaron a Ana María Shua y a Andrés Neuman, dos referentes de la escritura brevísima, a cerrar las jornadas con una lectura seguida de una breve entrevista. En esta instancia, Brasca le preguntó a Shua cómo veía la relación entre la tecnología y la escritura de microrrelatos. Ella respondió que no veía ningún problema, que quien quiere escribir puede hacerlo con un fósforo en la arena. Pero un instante después agregó que le llamaba la atención la velocidad de mejora de la IA. Puntualmente contó esto: a fines del 2024 le pidió a ChatGPT que escribiera una microficción “a lo Shua”, imitando su estilo, y el resultado fue regular; en abril de 2025, justo antes de las jornadas, repitió el experimento y quedó sorprendida por la sofisticación que había logrado la IA en tan poco tiempo. Tal fue su sorpresa que memorizó ese breve texto y nos lo recitó ante una sala llena de escritores y lectores. Cuando terminó de narrarla, hubo risas y murmullos de aprobación, Brasca, de hecho, le dijo “es muy buena”. Y mientras se le borraba la sonrisa, agregó, entre comentario, reflexión y repregunta a Shua, “pero nosotros como escritores somos algo más que un algoritmo que solo hace nuevas combinaciones”. Provocadora, Ana María Shua respondió: “¿sí, somos muy diferentes?”.

                Esta anécdota me permite entrar en la primera cuestión, ¿qué diferencia hay entre un texto generado por IA y un escritor/a?

Lo primero que puedo decir es que, como dice Kate Crawford, la IA no es inteligente ni artificial. Pum, bomba. Déjenme un momento ir matizando esta bomba. Lo que quiero decir es que IA es más una palabra marketinera que un término técnico específico. ChatGPT se encuadra en lo que se denomina inteligencia artificial estrecha, basado en uno de los varios enfoques específicos del campo experto llamado maching learning o aprendizaje automático. Esto de estrecho refiere a que está abocado a una tarea específica, en el caso de ChatGPT, generar textos. ¿Cómo lo hace? Como su sigla lo indica LLM, básicamente procesa cantidades ingentes de información (libros, artículos, notas periodísticas, conversaciones) y a través de lo que se llama Aprendizaje por Refuerzo con Retroalimentación Humana, devuelve respuestas de alta calidad’ (o eso pretende según lo que indica su web). Básicamente, extrae patrones y devuelve nuevas combinaciones de información ‘pueden sonar como humanas’. Ahora bien, podemos preguntarnos si esto es escribir.

Cuando Shua interpelaba a Brasca, lo que le estaba diciendo es que les escritoras lo que hacemos es leer mucho, muchísimo, y a partir de ese acervo, generar nuevas historias. ¡En ese sentido, podríamos decir punto para Shua! Lo que hacen ChatGPT y los y las escritoras es muy parecido.

Sin embargo, que se parezca, es decir, que ChatGPT nos devuelva un texto no es lo mismo que escribir. ¿Por qué?

Primero, por el diseño se basa en un modelo estadístico, no lingüístico; el significado es menos importante que la frecuencia con la que aparece una palabra en relación con otras, hay una reducción de los significados que puede tener una palabra a mero dato, a patrones estadísticos. Quienes escribimos sabemos justamente que la lengua no es una sustancia inerte, ni neutral, y menos aún, información pura, y lo que en particular hacemos al narrar una novela, un cuento, una microficción, pero sobre todo un poema, trata de desbaratar los significados, jugar con la ambigüedad, el silencio, la elipsis. Exactamente lo contrario a la condescendencia que propone ChatGPT para su mejor uso: “Evite la ambigüedad y sea lo más preciso posible para obtener respuestas precisas y relevantes…

Les escritores lo que buscamos cuando escribimos, en particular en la microficción, pero me atrevería a decir independientemente del género, es a desafiar al lector, a estimular a que no solo lea lo evidente, sino que lea entre líneas, que lo más potente, que lo que lo interpele, sea, como dice el libro de un amigo escritor, Jorge Aguiar, lo que no se dice.

Eso no quiere decir que, dentro de poco, los libros escritos por IA tengan un estante en librerías y bibliotecas diferente de libros escritos por humanos. Y tampoco quiere decir que cada vez haya más escritores que co-escriban con ChatGPT, como la escritora japonesa Rie Kudan, que ganó el premio Akutagawa a la mejor obra de ficción. E incluso también, que haya obras íntegramente escritas con ChatGPT con solo algunos prompts. Como lectores, elegiremos, como lo hacemos ahora, entre escritores latinoamericanos o europeos, varones o mujeres, entre escritores humanos y libros generados por chatbots.

Pero hagamos un experimento. Les comparto tres brevísimas microficciones:

 

El sueño es privilegiado territorio del pecado. Terrible lugar donde se cumplen y se castigan los deseos que nada satisface.

El sueño es privilegiado territorio del pecado. Terrible lugar donde se cumplen y se castigan los deseos que acrecienta.

El sueño es privilegiado territorio del pecado.
Allí tus manos inventan lenguajes, mi cuerpo arde, y la noche nos absuelve.

¿A quién le interpeló más el primero?  ¿Y el segundo? ¿El tercero? ¿Ninguno?

Probablemente ya está pasando: hay lectores para todos los textos. 

Por una parte, a quienes eligieron la primera opción, son personas que, como yo, disfrutan de la pluma de Ana María Shua. A los que les interpeló más la segunda, les agradezco sinceramente. Me recuerdan a Liliana Heker, dice que el éxito para ella es carente de significación, que lo que busca es movilizar a alguien. A quienes eligieron el tercer texto, les cuento que fue el producido por ChatGPT bajo el prompt "Un texto de 20 palabras cuya primera oración sea 'El sueño es privilegiado territorio del pecado'". Si les gustó más este último o no les conmovió ninguno, también les agradezco, porque me desafían a seguir trabajando para que con otro poema, relato breve o novela, en un futuro, les pueda conmover.

Como escritora, tengo la certeza de que quienes escribimos lo hacemos por placer, por necesidad, para ponernos en riesgo y escribir lo que no sabemos que sabemos (ni lo que sentimos), y lo vamos a seguir haciendo, simplemente porque crear es una experiencia gratificante. Eso es algo que no pueden hacer los generadores de texto ni los asistentes virtuales: no pueden sentir placer ni crear, aunque se le parezca, y ahí estriba nuestra diferencia (ni mejor ni peor que la tecnología), hay algo de nuestro cuerpo, del mío, del suyo, que se pone en juego. Hay una sensualidad común con la que yo puedo trabajar para vincularme con ustedes. Y aunque ChatGPT ya tenga en su acervo toda la literatura que se ha escrito en la historia y yo no pueda terminar de leer ni la cantidad de libros que tengo en la biblioteca, yo, nosotres, tenemos algo irremplazable.

Y la entiendo también a la escritora japonesa, porque los y las escritoras necesitamos comer y los premios son una buena forma de ganar plata para tener tiempo para escribir. Virginia Woolf hablaba del “cuarto propio” hace un siglo, Alejandra Pizarnik pasaba hambre en París con la poca plata que hacía con las traducciones y sus amigos la invitaban a comer porque vivía a ‘calditos y tés’, Charles Bukowski trabajaba de cualquier cosa, la empleada del banco de Cristina Peri Rossi la mira con indulgencia porque gana poco dinero. Siempre ha sido muy difícil vivir de la escritura, por eso muchos dictamos talleres, hacemos correcciones, traducciones. Varias de esas actividades también las pueden hacer ChatGPT. Por estas circunstancias, ahora es un poco más difícil. Necesitamos de ustedes, lectores, y de espacios públicos de lectura, en los que se celebre y fomente la cultura para contagiarnos la pasión, la imaginación, el deseo por leer, escribir, por crear otros mundos posibles más sensibles, lúdicos, en los que podamos vivir respetando la diferencia de la otredad, pero también con la diferencia de tecnologías que no escriben aunque generen textos.

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