“La curva de la boca”: una ácida novela kundero-kafko-melvilliana situada en Mendoza
Con una mirada que desparrama un humor exquisito, camina por Rufino Ortega el protagonista de la novela mientras va viendo los hilos, esos hilos invisibles que el deseo teje entre una boca y una espalda, entre unos ojos y unos labios, mientras su mente divaga en lo que (no) pasa en la tele, en los informes del trabajo, en las miradas esquivas de sus vecinos. En esas caminatas en el que el pensamiento diverge tanto como la escritura o, más bien, la escritura diverge siguiendo el hilo de pensamiento del profesor protagonista, el movimiento de sus pies lo lleva a salir un ratito del bucle compras-comida-informes, para replantearse su relación con el trabajo, las mujeres, la familia.
Y voy desagregando el encadenamiento autoral del título, que está en la interpretación de esta lectora, pero también en los hilos que el escritor teje sin saber qué es lo que está haciendo, es decir, cómo algunos escritores, algunas obras leídas y releídas se le cuelan sin que Omar Gais lo termine de advertir. Desagrego sin solemnidad, porque, como afirma el protagonista, “la solemnidad es inversamente proporcional a la seriedad”. Entonces, sin solemnidad y con honestidad.
Digo kunderiana: lo que sostiene la tensión, lo que hace que una vez que se ingresa al mundo del fluir del pensamiento del protagonista, es que sus pasiones y conflictos (las mujeres que lo atan con esos hilos invisibles del deseo y su trabajo, esa vocación generosa con sus estudiantes en el marco de esa institución kafkiana) son atravesadas por planteos filosófico-políticos (¿Acaso la filosofía puede no ser política?), ya sea trayendo explícitamente nombres, ideas, conceptos del canon filosófico, pero, sobre todo soltando con naturalidad frases “a lo Kundera”, así como al pasar, que se entretejen o destejen sus dolores, sus enojos, sus celos, sus golpes, sus decepciones.
Digo kafkiana: El proceso, sí, pero esta no es la burocracia de la Justicia, es la tecnocracia del sistema universitario-académico. Ese que ha hecho que se vacíen las aulas por poner primero los títulos, la pompa, la hipocresía, antes que sueldos y condiciones de trabajo acordes a lo que implica la transformación social que pretende una educación pública comprometida (y no tan neoliberalmente de “calidad”).
Digo melvilliana: porque el protagonista, claramente, preferiría una y mil veces no hacerlo, no comparecer ante el absurdo de aquellas lógicas institucionales que vacían de sentido su labor, y colman de sentido los planteos filosóficos, aporéticos y contradictorios, que advierte en su trabajo, en sus relaciones afectivas, en todos aquellos que cruza por la vereda y no lo ven.
Y una referencia extra: Saramago. Por la cantidad de páginas y el estilo de escritura -en las antípodas del informe-, lábil, juguetón con los signos de puntuación, hay que encontrar la punta del ovillo y dejar llevarse de corrido, sin respetar demasiado los caprichosos paréntesis, guiones, puntos. Hay que leerla en voz alta o al ritmo del inconsciente, no de la escritura, sino de la semiosis que encuentra en la vida cotidiana la excusa para reírse de nuestro absurdo gallinero, a veces llamado inercia, desde los más profundos y actuales planteos filosóficos.


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